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سيرة ذاتية مجهولة الهوية

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BOLIVIA HOY:

¿Una Democracia Poscolonial o Anticolonial?

Seis estudios y una bibliografía seleccionada 1990-2016

E ditor

[nom]

[nom]

BOLIVIA HOY:

¿Una Democracia Poscolonial o Anticolonial?

Seis estudios y una bibliografía seleccionada 1990-2016

J uan [nom]

E ditor

Registro Propiedad Intelectual Nº 278.299

ISBN: [téléphone]

Producción General: Equipo Editoeial

Diseño de Portada: Yaneth Piedrahita Posada

J uan [nom]

E scaparate E diciones S p A

E-mail: [e-mail]

E-mail: [e-mail]

Junio 2017

IMPRESO EN CHILE

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BOLIVIA HOY:

¿Una Democracia Poscolonial o Anticolonial?

Seis estudios y una bibliografía seleccionada 1990-2016

J uan [nom]

E lizabeth J iménez C ortés

D oris J ohnson B arella

F abiola E scarzaga N icté

A ndrés L eiva G uzmán

M aría T eresa Z egada C laure

J orge G ibert G alassi

COLECCIÓN PENSAR NUESTRA AMERICA

COLECCIÓN PENSAR NUESTRA AMÉRICA

EDICIONES ESCAPARATE

[nom]

D irector de la colección

COMITÉ EDITORIAL

Dra. Valeria Coronel

F lacso - ecuador

Dra. Fabiola Escarzaga Nicté

U niversidad A utónoma M etropolitana , UAM, M éxico

Dr. Franck Gaudichuad

U niversidad de G renoble , F rancia

Dr. [nom]

F lacso -C hile

Dra. Elizabeth Jiménez Cortés

C olectivo E l K intral , C hile

Dra. Doris Johnson Barella

U niversidad de P laya A ncha , C hile

Dra. Inés Nercesian

U niversidad B uenos A ires , A rgentina

Dr. José Francisco Puello-Socarrás

U niversidad N acional de C olombia

Dra. Claudia Zapata Silva

U niversidad de C hile

Dra. María Teresa Zegada Claure

U niversidad M ayor S an S imón , C ochabamba , B olivia

A Cinthia, por su solidaridad a toda prueba.

A las y los estudiantes prospalianos.

Índice

Presentación

Bolivia: Un Estado, una Nación y una Democracia:

¿Poscolonial o Anticolonial?

[nom]

El Conflicto del Tipnis y la reconfiguración de los movimientos populares en la Bolivia Post-Constituyente

Elizabeth Jiménez Cortés

El colapso de las oportunidades políticas para la acción colectiva del Movimiento Sin Tierra boliviano

Doris Johnson Barella

Las comunidades interculturales y la política agraria del gobierno de Evo Morales

Fabiola Escarzaga Nicté

Imaginarios de participación política de mujeres en Bolivia.

Entre la cooptación y la marginalización

Andrés Leiva Guzmán

Transformaciones políticas en Bolivia y los nuevos sentidos de la democracia

María Teresa Zegada Claure

El rol de los intelectuales en el proceso de cambio político boliviano (2000-2009)

Jorge Gibert Galassi

Bibliografía seleccionada para el estudio de la historia política reciente de Bolivia 1990-2016

[nom]

Las y los Autores

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B olivia H oy : ¿U na D emocracia P oscolonial o A nticolonial ?

Presentación:

Bolivia: Un Estado, una Nación y una Democracia:

¿Poscolonial o Anticolonial?

[nom]

“…de vez en cuando la historia se revela inexorable y errática, atemorizadora y fascinante”.

Octavio Innani, 2003.

I.-

Uno de los procesos sociales, políticos e históricos más relevante e intensos de las últimas décadas en América Latina y el Caribe lo constituyen, sin lugar a dudas, la construcción histórica, política y, tal vez, teórica de una nueva forma de Estado, de Nación y de Democracia en la región. Estas nuevas construcciones históricas, jurídicas y políticas se levantan como alternativas a las matrices eurocéntricas impuestas y heredadas durante los últimos dos siglos. Las formas que emergen han sido pensadas e imaginadas por las fuerzas sociales y políticas vinculadas a los sectores subalternos y populares que se identifican, de manera amplia y plural, con los movimientos, organizaciones sociales y políticas, partidos políticos progresistas y/o de izquierdas como, también, con el pensamiento social y político elaborado por los pueblos, organizaciones e intelectuales que participan del movimiento indígena originario latinoamericano.

Este es un proceso político en marcha y en construcción cuyas expresiones más adelantadas se encuentran en las sociedades venezolana, boliviana y ecuatoriana. Se trata, al mismo tiempo, de un proceso conflictivo y complejo de carácter subversivo y revolucionario que integra simultáneamente la praxis teórica y la praxis histórica-política

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C olección P ensar N uestra A mérica

contingente. Una praxis dual signada tanto por la deconstrucción crítica y la creación y construcción innovadora y transformadora. En una dialéctica constante y continua a lo largo del tiempo, durante el cual las agujas tanto del velocímetro como del reloj se agitan nerviosamente marcando con distintas velocidades, ritmos y tiempos de la existencia social e histórica de hombres, mujeres, niños y niñas como también de las estructuras. Estructuras y sujetos se han imbricados en un complejo proceso de cambios donde lo nuevo se confunde con lo ancestral y lo ancestral se confunde con lo viejo y con lo nuevo. El cruce de las temporalidades es total. La historia esta revuelta, agitada y convulsionada, tal como lo anuncia el epígrafe que abre esta presentación, es fascinante.

Hace un poco menos de dos décadas (1998-2016) que-en las nombradas sociedades- el cambio social, político y la transformación cultural y contra-hegemónica, en clave emancipadora, domina la acción histórica, social y política de las y los sujetos comunes como de los actores sociales y políticos estratégicos. Se trata sociedades en movimiento.

Cuyo norte sería la construcción de una nueva realidad social, política, económica y cultural, o sea, se trata de levantar y establecer una nueva sociedad integrando lo de ayer, lo de hoy y lo de mañana. Ese es el desafío político e histórico mayor. Teniendo como ejes centrales del cambio renovadas concepciones políticas e ideológicas de las formas de Estado, de Nación como de la Democracia. Estas nuevas concepciones políticas son producto de la reflexión epistemológica e histórica de las y los de “abajo”, o sea, de las y los excluidos, de las y los marginados, de las y los explotados, de las y los que siempre fueron vistos y nombrados, pero nunca incluidos y, permanentemente, negados; en otras palabras, de aquellos que, desde la llegada de los europeos, en el siglo XVI, fueron condenados en su propia tierra. Dominados, subalternos, marginados y excluidos, desde finales de la década de los años ochenta del siglo XX, se pusieron de pie y gritaron con toda su fuerza histórica acumulada en 500 años de dominación: ¡Basta! Ha llegado el tiempo y el momento para cambiar, el presente y el futuro. A la rebelión de los de los eternos excluidos, los pueblos originarios, se unieron los diversos grupos sociales subalternos y marginados por el nuevo padrón de acumulación y de dominación capitalista neoliberal, inaugurando en la década de los noventa del siglo XX, una nueva fase de lucha en contra del capital y por

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la democracia social. Iniciando un nuevo ciclo de luchas sociales en la región. Los tres procesos de cambio histórico-político más notables de este ciclo que lo constituyen la revolución bolivariana, en Venezuela; la revolución democrático-cultural en Bolivia; y la revolución ciudadana en el Ecuador, luego de 18, 16 y 14 años respectivamente, las tres se mantienen en “proceso”. Ninguna, de ellas ha sido, a pesar de múltiples intentos por parte del capital, desestabilizadas o frenado su curso histórico.

Los acontecimientos políticos y los procesos sociales que siguieron a la conmemoración de los 500 años (1492-1992) de la invasión y conquista europea del continente americano abrieron una nueva fase en la historia política y social de la región. Esta fase estará definida por el protagonismo central de los pueblos y naciones originarias y de los sectores populares. Los más pobres entre los pobres, los pueblos y naciones originarios convergieron con las nuevas luchas sociales populares, campesinas, mineras, estudiantiles, poblacionales, de los trabajadores ocupados y desocupados que provocó la instalación, extensión y profundización del capitalismo mercantil-financiero-extractivista, o sea, el patrón de acumulación neoliberal, en las distintas sociedades latinoamericanas y caribeñas. El “Caracazo”, en 1989, y el intento del golpe de Estado por parte del Movimiento Bolivariano

Revolucionario en 1992, en Venezuela; los levantamientos indígenas, de mayo de 1990 y junio de 1994, en el Ecuador; la Marcha por la Vida de 1986; la Marcha por el Territorio y la Dignidad de la Central de Pueblos Indígenas de agosto 1990, y la Marcha por la Vida, la Coca y la Soberanía Nacional en 1994, todas en Bolivia; las diversas “puebladas” argentinas (Santiago del Estero, por ejemplo) entre 1993 y 1997; el levantamiento insurgente del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional

(EZLN) en México, en enero de 1994; entre otras múltiples y variadas movilizaciones y explosiones sociales de los “de abajo, son expresiones de ese amplio “basta” indígena y popular y, sobre todo, expresa la convergencia social, política y cultural de las resistencias, rechazos e impugnaciones tanto a la dominación histórica como a las nuevas formas de dominación capitalista que las clases dirigentes nacionales e internacionales imponían a las sociedades latinoamericanas desde inicios de la década de los años ochenta.

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C olección P ensar N uestra A mérica

Los tempranos años ochenta del siglo XX están marcados en toda Nuestra América por la crisis económica, social y política. La “crisis de la deuda”, desde 1982, no solo arruina y desmantela el padrón de acumulación productivo industrial extractivista dominante en la región desde los años treinta y cuarenta del siglo XX, sino que también favorece el derrocamiento y el fin de las diversas dictaduras cívico-militares, entronizadas en la región desde década anterior. El término de los regímenes autoritarios en Argentina (1983), Brasil (1985), Bolivia (1982), Uruguay (1985), Perú (1980), como en algunos países centroamericanos (Honduras, Nicaragua, El Salvador y Guatemala) y, previamente, en Ecuador (1979), abre una nueva etapa en la lucha por la democrática en América Latina y el Caribe.

Los nuevos gobiernos electos por sufragio popular-ciudadano ponen en marcha un proceso político, social y económico que se va caracterizar por una doble transición. Por un lado, una transición político-estatal, se pasa desde regímenes políticos autoritarios de distintas facturas y colores a regímenes democráticos representativos en la mayoría de los casos limitados o defectuosos; y, por otro, una transición socio-económica, se transita desde una forma de acumulación capitalista a otra. Esta última, en breve, se pasa de la forma de acumulación productiva industrial-extractivista a una acumulación mercantil-financiera-extractivista, es decir, a la forma neoliberal de acumulación capitalista. Forma que supone, entre otras cosas, ampliar y extender, a todas las estructuras de la sociedad, la acción del mercado.

La fórmula ochentera para relegitimar el capitalismo en crisis consistió en instalar de manera conjunta la democracia más mercado.

Mercado más Democracia, una formula hasta esa década escasamente ensayada en América Latina y el Caribe durante el siglo XX. Tanto la democracia liberal como el libre mercado habían sido constantemente limitadas por la acción del Estado. La nueva forma estatal que emergió, el Estado neoliberal, rompió con la tradición histórica y política de la región. Soltó las amarras que ataban las “manos invisibles del mercado”, en otras palabras: mercantilizando amplia y extensamente a la sociedad.

Lo cual no significo que haya democratizado a la sociedad con igual amplitud. La democracia liberal continúo limitada y constreñida. Si bien, la democracia representativa, como régimen político, está presente

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B olivia H oy : ¿U na D emocracia P oscolonial o A nticolonial ?

en la mayoría de los países de Latinoamérica, se trata de un régimen político, para decirlo con palabras de la politología de la época, de muy

“baja calidad institucional”. Se trata de “democracias con adjetivos”, los cuales calificaban y destacaban sus defectos.

La combinación impulsada por el Estado neoliberal fue ampliamente favorable para el mercado y totalmente perjudicial para la democracia. Al finalizar la década, el balance realizado por la Comisión

Económica para América Latina (CEPAL) fue negativo. Para este organismo regional la década los años ochenta fue una “década perdida”.

No obstante, a un cuarto de siglo de su cierre, tengo la impresión que dicha afirmación debe ser matizada.

Si bien, se trata de una década muy compleja dada la profunda transformación estructural del orden capitalista que sufrieron las sociedades latinoamericanas y caribeñas. De ninguna manera fue una década pérdida para el capital tanto nacional como internacional. Todo lo contrario. En un breve lapso temporal, con gran rapidez y conmayor legitimidad política y social de la que se supone, algunos de los recientes gobiernos democráticos de la región, impulsaron y posibilitaron la instalación de la forma neoliberal de acumulación capitalista. Otros, sostuvieron, corrigieron, ampliaron y profundizaron la reestructuración capitalista pro-mercado impulsada por la dictaduras cívico-militares.

Para los sectores dirigentes del capital, la década más que una

“década pérdida” fue una década de triunfos políticos, económicos e ideológicos que permitió afianzar su dominación y hegemonía. Los más beneficiados fueron aquellos sectores vinculados ya sea al capital mercantil, financiero y extractivista nacional como para el capital internacional o transnacional.

En cambio, los grandes perdedores de la década fueron los grupos capitalistas productivistas manufactureros nacionales, los sectores medios estatales y, de manera sustancial, la clase obrera industrial, las y los trabajadoras y las masas populares. O sea, el proletariado urbano y rural. Para ellos la doble transición fue dramática y fatal. No solo fue negativa para los sujetos dominados, sino que la agresiva nueva forma de acumulación capitalista (acumulación por desposesión) profundizara la histórica devastación de los bienes comunes naturales de la región.

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Para mediados de la década de los años noventa todas las formaciones socioeconómicas latinoamericanas se habían transformado en sociedades capitalistas neoliberales. Unas más avanzadas que otras; sin embargo, en todas ellas se combinaban las formas políticas-institucionales de una democracia eminentemente electoral y procedimental con políticas gubernamentales y públicas orientadas a extender, profundizar y consolidar la forma de acumulación mercantil-financiera extractivista y, sobre todo, integrar las economías nacionales al mercado global. Entre

1982-1995, la reestructuración capitalista como las diversas reformas y procesos de modernización institucional del aparato público, o sea, del

Estado, pusieron fin del capitalismo industrial dominante entre 1930-

1982.Emergió en toda la región una nueva forma societal: la sociedad neoliberal o sociedad de mercado.

Sin embargo, desde la segunda mitad de los años noventa del siglo pasado, comenzaron sentirse los crujidos de las primeras grietas que anunciaban la crisis política y social de la dominación capitalista neoliberal. Los movimientos de resistencias y oposición estallaron en diversos y diferentes lugares del continente. Ya hemos citado el más paradigmático de todos: el 1° de enero de 1994 en la Selva de Lacandona en el Estado de Chiapas, en la suroeste de México, estalló el levantamiento insurgente del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

(EZLN). Un ejército de indígenas y campesinos pobres y mal armados bajo la dirección de varios comandantes indígenas y un subcomandante no indígena todos encapuchados, declararon no solo la guerra al Estado y al Gobierno mexicano, sino que también se presentaron ante el mundo como un movimiento indígena insurrecto/armado de resistencia y en oposición a la dominación global del neoliberalismo.

Las cosas comenzaron a cambiar en la región. Nuevas formas de lucha social y política emergían por doquier, la izquierda y el progresismo se instalaban en las diversas sociedades de la región a cuestionar y resistir las formas de dominación neoliberales.

Una de esas sociedades fue la boliviana. Tal como lo había sido la venezolana. El descontento contra las formas neoliberales se manifestaron con fuerza, en los últimos años del siglo XX, en Cochabamba, Bolivia. Allí los y las ciudadanas, se levantaron en una singular y particular guerra: la “guerra del agua”. La cual fue seguida,

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un año más tarde, por otra, no menos espectacular y fascinante, la “guerra del gas”. Estas “guerras” ciudadanas bolivianas, coincidieron con las poderosas rebeliones ciudadanas argentinas y ecuatorianas de fines del 2001 y de 2003, respectivamente. Movilizaciones sociales que fueron antecedidas por las rebeliones indígenas de Chiapas, en 1994, y ecuatorianas, de 1999, como también del “caracazo” venezolano de 1988 y las distintas resistencias populares a las formas democráticas neoliberales que las elites dominantes instalaron en la región, durante los años ochenta. Diríamos que son numerosos los acontecimientos aislados, dispersos y silenciosos que marcan continuidades como discontinuidades, rupturas y reorientaciones, progresos y decadencias de las luchas sociales emancipadoras de los pueblos latinoamericanos que se hilvanan con los acontecimientos aquí señalados.

Estos acontecimientos fueron expresiones de procesos históricos profundos, de acumulados políticos y sociales de larga duración que tienen la particularidad de hacerse presentes en momentos específicos y singulares de la historia de una sociedad. Ellos son la expresión manifiesta de las resistencias y oposiciones como también de las contradicciones políticas y sociales como también económicas y culturales que experimentan los grupos sociales subalternos ante la instalación e imposición de nuevas formas de dominación y hegemonía por parte de las elites del poder y en el poder.

Por esa razón, estos acontecimientos marcan nítidamente un antes y un después, o sea, ponen fin o inician un nuevo proceso histórico. Son acontecimientos fundantes, más allá si son exitosos o no, dan inicio algo desconocido. A procesos históricos que pueden ser no solo sorprendente, sino también atemorizante y entusiasma. Es lo que probablemente ocurrió con el levantamiento zapatista de enero de 1994, con las guerras del agua y del gas boliviana, con la rebelión de las y los ciudadanos argentinos y su consigna que se “vayan todos”.

Lo que quiero sostener aquí es lo siguiente: hay acontecimientos que adquieren significados y connotaciones excepcionales y reveladoras.

Son eventos heurísticos por sus implicaciones históricas, políticas y teóricas. Los acontecimientos señalados más arriba son heurísticos, pues señalan aspectos fundamentales de un nuevo ciclo de la lucha histórica de los pueblos latinoamericanos por la democracia y, sobre todo, por

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el buen vivir. Son acontecimientos que replantean nuevas y necesarias lecturas de viejas polémicas políticas al interior del pensamiento crítico, por ejemplo, entre reforma/ revolución o entre vía insurreccional/ vía institucional, etcétera. En esa dirección son acontecimientos que requieren su tratamiento cuidadoso y un meticuloso esclarecimiento epistemológico por parte de las ciencias sociales críticas, pues develan, probablemente, el futuro.

II.-

Los pueblos originarios que habitan el territorio de Bolivia fueron los primeros en plantear, a siete años del inicio de la “democracia pactada”

(1982) y a un lustro de la Ley 21.060 que impuso el neoliberalismo en el país en 1985, la necesidad de impulsar la realización de cambios radicales en la estructura de dominación hegemónica que los “q’aras” sostenían desde tiempos coloniales. Para esos efectos, los pueblos indígenas de los Llanos del Mojo del departamento del Beni (Mojeño, Yuracatés, Movimas, Chimanes, Sirionós y otros 11 pueblos más) plantearon la realización de una Asamblea Nacional Constituyente democrática, incluyente y revolucionaria con el objeto de refundar el

Estado, la Nación y la Democracia. Para los organizadores de la Marcha, debía emerger desde la Asamblea Constituyente, fundamentalmente, una nueva forma estatal: el Estado plurinacional, es decir, un Estado conformado por muchas naciones y no con una sola nación. Serían las diversas y variadas naciones las que fundarían ese nuevo Estado.

Plantearse la posibilidad política e histórica de ejercer el poder constituyente directo para instituir y fundar no solo un nuevo Estado, sino, fundamentalmente, para hacer desaparecer la unicidad de la Nación existente y establecer la “pluri-nación”, constituía, por cierto, una gran osadía política y al mismo tiempo, una poderosa demanda revolucionaria. La más “revolucionaria” de todas las demandas sociales, políticas y culturales planteadas por los sectores subalternos y dominados desde la revolución francesa de 1789 a la fecha.

La demanda por ejercer el poder constituyente directo de parte de los pueblos originarios de las tierras bajas con el objeto de poner fin

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a siglos de explotación y exclusión, resulto ser una exigencia política que no solo interpelaría aquellos que ejercían o tenían el control de las fuentes del poder social; sino, también, a todos los demás pueblos originarios que habitan en el país y una reclamación para que los otros grupos y sectores sociales subalternos y dominados que conformaban la abigarrada sociedad boliviana, asumieran y se plantearan la posibilidad histórica y política de ejercer desde y para sí mismos, el poder constituyente.

Apelar y demandar, por cierto, el ejercicio soberano del poder constituyente, de ninguna manera era nuevo, en la historia política del

Estado boliviano. Esta registra desde 1825 hasta el año 2006, o sea, en 181 años de existencia como república independiente, 20 coyunturas constituyentes. Ello significa que en igual número de oportunidades las y los bolivianos buscaron “organizar políticamente a la nación” en un Estado moderno e instituir un régimen político democrático. Sin embargo, fueron 20 fracasos políticos, fundamentalmente, porque ninguna de las Constituciones Políticas del Estado boliviano que se promulgaron resolvieron de manera óptima las tres fundamentales y esenciales contradicciones históricas, o sea, que han estado presentes desde el momento mismo de fundarse, el país, en 1825, a saber: la presencia de los pueblos originarios, el regionalismo y los antagonismos de clase. De estas tres contradicciones, la primera, por cierto, constituye la principal o la contradicción primordial de Bolivia.

Ahora bien, estas tres contradicciones están enmarcadas gruesamente en dos grandes visiones o concepciones de mundo que ordenan la conflictividad de la formación social boliviana: la metropolitana, “eurocéntrica”, y la local, “subalterna”. Todas las

Constituciones elaboradas ya sea por Asambleas Constituyentes o en Convenciones que se realizaron en el siglo XIX como en el XX, lo hicieron desde la visión eurocéntrica y excluyendo de manera sistemática la visión de los grupos subalternos, específicamente, de los pueblos originarios, o sea, de los indígenas. Los indios, a diferencia de las clases dominadas (campesinos, mineros, artesanos, obreros y trabajadores urbanos y rurales) como de los sectores medios y, por cierto, de las clases dirigentes y las elites de poder, nunca tuvieron existencia constitucional.

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En las distintas constituciones políticas, los indios nunca tuvieron el reconocimiento de ser sujetos integrantes de la Nación boliviana que se constituía y reconstituía en cada coyuntura constituyente. Tampoco se les reconocía la condición de ciudadanos políticos con derechos a participar en los asuntos públicos del país, ni merecían tener ni de gozar de los mismos derechos que disponían los otros integrantes de la Nación boliviana. En verdad, los indios, estaban y habitaban el territorio donde el Estado ejercía soberanía, pero, de ninguna manera, eran parte activa de la Nación.

Para serlo debían, los indios, renunciar a su condición de indio, es decir, despojarse de su cultura, religión, lengua, historia y borrar su memoria colectiva y comunitaria. En otras, palabras dejar de ser lo que eran, y asumir, la cultura eurocéntrica, para ser bolivianos/nas. Sin embargo, a pesar de los cinco siglos de dominación eurocéntrica los pueblos y naciones originarios han resistido de múltiples modos y han sobrevivido a su acción devastadora. Su presencia al interior del territorio de aquel país inventado por Simón Bolívar en 1825, durante los 181 años de existencia del Estado-Nación boliviano, era un permanente recordatorio y advertencia de que ellos estaban allí y que esa forma de Estado-Nación, era, por un lado, un “estado fallido” y, por otro, sobre todo, una “Nación ficticia”. Se trataba un “Estado sin Nación”. Por eso había que refundar el Estado de muchas naciones y pueblos.

III.-

El proceso político y social abierto en Bolivia tras la rebelión de la “plebe”, a inicios del siglo XXI, que expulso del poder político del Estado a las elites de poder que habían dominado y hegemonizado la dirección histórica de la sociedad boliviana desde su constitución como República a comienzos del siglo XIX. Abrió una nueva etapa en la convulsionada historia política del país altiplánico.

La rebelión de la “plebe” iniciada en Cochabamba con la denominada Guerra del Agua, provoco entre 2000 y 2005, una álgida lucha de clases y una acrecentada disputa por el poder político del

Estado, especialmente, por el poder ejecutivo. Dos presidentes fueron

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B olivia H oy : ¿U na D emocracia P oscolonial o A nticolonial ?

destituidos por la acción de los sectores sociales y actores políticos subalternos y dominados en rebeldía. En octubre de 2003 tuvo que abandonar el gobierno el presidente Sánchez de Lozada, ampliamente conocido como Goni, y en junio de 2005, lo hizo [nom] Mesa, quien había reemplazado a Goni. Ante el intento de los sectores dominantes del oriente de imponer en la presidencia a los presidentes del Senado, Vaca Díez y de la cámara de Diputados Mario Cossío, una nueva, activa y masiva movilización social en Sucre obligo e impuso la convocatoria a elecciones presidenciales extraordinarias.

En diciembre de 2005 la “plebe” en rebeldía eligió como presidente de la República de Bolivia, al líder cocalero e indígena Evo

Morales. Desde ese momento el proceso político boliviano tomo una clara tendencia subversiva dirigida a la transformación revolucionaria no solo de las estructuras político-institucionales de la “democracia pactada” establecida en 1982, sino de la modificación radical de las estructuras del poder social y político que dominaban el curso histórico de la sociedad boliviana desde el siglo XIX hasta la actualidad. Un nuevo proceso revolucionario se ponía en marcha en la sociedad boliviana.

La ruptura histórica que se proponía el nuevo bloque político en el poder apuntaba a transformar radicalmente el Estado y la Nación, por un lado, y, por otro, establecer un nuevo tipo de régimen político democrático. Para los movimientos sociales triunfantes en 2005, la elección del líder cocalero e indígena Evo Morales como presidente de Bolivia, constituía el comienzo del fin de las formas de dominación política establecida no solo desde 1825 hasta el presente, sino también el fin de la histórica dominación colonial-europea instala con la llegada de los españoles al continente.

El triunfo de Evo Morales y el Movimiento al Socialismo, MAS, no puede ser leído ni interpretado como el triunfo de una coalición política en un torneo electoral representativo de las democracias liberales-representativas. No, la elección misma constituye un hito disruptivo, subversivo, pues se gana el gobierno del Estado, a través del régimen electoral democrático liberal, con el objeto de poner fin democráticamente tanto al Estado como al régimen político existentes. Para tal efecto, el instrumento político elegido, será la convocatoria a la realización de una

Asamblea Constituyente, la cual deberá y tendrá la responsabilidad histórica

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C olección P ensar N uestra A mérica

y política de constituir el nuevo Estado, redefinir la Nación y establecer una nueva Democracia.

Tanto la Asamblea Constituyente como el nuevo Estado, la Nación y la Democracia debían ser radicalmente distintas a lo que existió en Bolivia, durante 181 años La tarea política propuesta, por cierto, de ninguna manera era fácil. Todo lo contrario. Entre el año

2006, momento de inició de la constituyente y su cierre en el año

2009, la sociedad boliviana fue un “volcán a punto de estallar”, dada la alta presión social y conflictividad política que implicaba que todo lo existente se pusiera en discusión; en otras palabras, todo lo sólidamente establecido, por las elites de poder que durante años mantuvieron el control de las principales fuentes sociales del poder, estaba siendo trastocado por la acción social y política de la “plebe” organizada.

Incluso, luego de aprobada la nueva organización política de la Nación, del Estado y del régimen político, o sea, de la nueva Constitución

Política del Estado Plurinacional de Bolivia, la conflictividad y la lucha de clases no se redujo ni aminoro su intensidad. En efecto, la reacción de las elites de poder, especialmente, de aquellos sectores y grupos sociales que se localizan y habitan los departamentos de la denominada

“Media Luna” boliviana, fue de total rechazo y oposición a las nuevas autoridades gubernamentales y se declararon en abierta rebeldía en contra del nuevo orden político-institucional establecido en la nueva

Constitución Política del Estado Plurinacional. El “golpe estado civil” que esos sectores y actores sociales y políticos propiciaron e impulsaron en contra del gobierno de Evo Morales en el 2009, no solo fue rechazado y resistido mayoritariamente por la “plebe”, sino que también careció de apoyo institucional y de otros sectores sociales, como por ejemplo, los sectores medios bolivianos y de las Fuerzas Armadas bolivianas (dos actores políticos centrales y, sobre todo, estratégicos para que cualquier intentona de golpe de estado, logre triunfar). Por primera vez, en toda la historia republicana de Bolivia, las elites de poder, los sectores dominantes, no contaron con el apoyo de esos dos actores estratégicos.

Sin lugar a dudas que el hecho principal y relevante estuvo en que las Fuerzas Armadas, -especialmente, el Ejército, de larga tradición golpista-, no apoyaron la insurrección cívico-política de las elites del poder y de las clases dominantes y apoyaron abiertamente al gobierno

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B olivia H oy : ¿U na D emocracia P oscolonial o A nticolonial ?

constitucional de Evo Morales. Con dicha acción y posición, las Fuerzas

Armadas, respaldaron a la nueva organización política que emergió de la Asamblea Constituyente. Asumieron y adhirieron tanto al nuevo

Estado, a la nueva la Nación como al nuevo régimen democrático.

El intento de golpe de estado civil fracaso no solo por tener respaldo social y militar interno, sino también por la acción política de los países de la región latinoamericana que se movilizaron en contra de dicha intentona. Todos los gobiernos de la región expresaron su rechazo y abogaron por la mantención de las formas democráticas y la continuidad del proceso histórico y político que mayoritariamente la ciudadanía boliviana impulsaba desde los inicios del nuevo siglo.

Insistieron en la defensa de la constitucionalidad del gobierno de Evo

Morales y el necesario respeto a los derechos humanos como también de la autodeterminación política del pueblo y ciudadanía boliviana para dirimir en forma democrática, independiente y autónoma sus conflictos políticos, sociales y culturales.

La resuelta acción del gobierno de Evo Morales, de la ciudadanía y de la plebe, de las fuerzas armadas, de los sectores medios en contender y resistir la desesperada acción política de las elites de poder de la Media

Luna como la concertada acción política y diplomática de los gobiernos de los países de la región detuvo el “golpe estado civil”. Vencidas las elites de poder, pero no derrotadas, aceptaron el nuevo orden político producido por “los de abajo”, por los excluidos sociales e históricos, por los postergados de toda una vida, en otras palabras, la “plebe” ha triunfado.

Podríamos sostener que hacia el año 2010, la rebelión de la plebe había concluido. Desde ese momento el proceso histórico y político boliviano inició una nueva etapa histórica y política, la etapa de consolidar, institucionalizar, instalar y poner en práctica todo aquello que se pensó, se reflexionó, se discutió y se elaboró a lo largo de una década. La etapa abierta en la segunda década del siglo XXI, ya no eran los tiempos de “revolucionar” lo existente, sino, se trataba de gobernar la revolución.

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IV.-

Gobernar la revolución. Una revolución que, a diferencia de sus congéneres del siglo XVIII, XIX y XX, no había sido una “revolución armada”. Ni tampoco era una revolución social, o sea, de aquellas que trastocan radicalmente las estructuras de poder devenidas y constituidas desde la forma de acumulación. Sin lugar a dudas, lo acontecido en Bolivia, desde 2000 en adelante, la rebelión de la plebe, era y es una revolución. Pero, es, esencialmente, una revolución política.

La elección de Evo Morales confirma la profunda vocación democrática de la “plebe” insurrecta. Desde el levantamiento insurreccional de la “guerra del agua”, en Cochabamba, con su reportorio diverso y plural de acciones colectivas, en ningún momento estuvo presente la idea de que para triunfar políticamente había que suspender ni abolir la democracia. La insurrección plebeya fue eminentemente política y electoral. No aposto por la lucha ni la insurrección armada.

Pero, no significa que haya sido una insurrección social y política carente de violencia política. Todo lo contrario, fue violenta, pero no armada.

Morales y su gente llegaron al Palacio Quemado, gracias a los millones de votos que ciudadanos y ciudadanas bolivianas emitieron en un proceso electoral convocado y regido por las instituciones políticas y electorales establecidas en la “democracia pactada” en 1982.

El triunfo de Morales y el MAS en el año 2005 es, también, el triunfo de la democracia. La lucha política y social insurreccional democrática de la plebe no es la lucha de un lustro, sino de un acumulado histórico. Ampliar, profundizar y democratizar “la democracia de los dominadores” ha sido de una tortuosa y larga lucha social y política. En cierta forma, la rebelión de la plebe actual, se remonta, por ejemplo, a las tareas inconclusas de la Revolución boliviana de 1952. Son luchas ancestrales.

La democracia para la “plebe” boliviana, al igual que en el resto de América Latina y el Caribe, ha sido negada y postergada por las clases dominantes. Durante todo el siglo XIX, durante décadas en el siglo XX, la plebe fue excluida de la participación no solo de la democracia, sino también de los distintos procesos de modernización impulsados en la sociedad boliviana como latinoamericana. Las lógicas de inclusión y

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exclusión practicadas por elites políticas abrían y cerraban las compuertas del sistema político. El objetivo de estas lógicas estaba en producir el ingreso ordenado, controlado y subordinado de determinados grupos sociales subalternos. En distintas coyunturas críticas de la historia social y política de Bolivia, durante el siglo XX, es posible observar la implementación de esa dinámica. Sin embargo, para las dos últimas décadas del siglo, dicha dinámica estaba agotada.

Tenemos la impresión que las luchas por la democracia y, ciertamente, la extensión de la ciudadanía política que dejo de ser clandestina o imaginaria o formal entre los distintos grupos sociales que conforman la abigarrada sociedad boliviana impulso a estos a pensar que la democracia no era cuestión de las elites o de los partidos políticos, sino un asunto de todos y todas. Un asunto que competía también a los condenados históricos, los pueblos originarios, los indígenas, o sea, los indios.

Otra democracia emergió luego de más de un lustro de luchas políticas. Una nueva forma de Estado, el plurinacional y un nuevo país, Bolivia como una identidad plurinacional. Una sociedad que se arma y se construye desde sus bases mismas. Emergen junto con esa rica y compleja realidad nuevos problemas, nuevos conflictos, nuevas contradicciones, nuevos desafíos. Nada de lo que está establecido es sólido. La lucha continúa.

Gobernar las revoluciones no es un asunto fácil. El gobierno de Evo Morales así lo testimonia. Esa es la Bolivia de Hoy, una Bolivia plurinacional que aún no logra definirse entre ser: anti o poscolonial. Los diversos estudios aquí compilados en este libro dan cuenta, justamente, no del periodo de las luchas políticas revolucionarias abiertas con la, ahora mítica, “guerra del agua”, sino dimensiones de la realidad política y social pos-constituyente, o sea, cuando las ideas formuladas e imaginadas por el poder constituyente tienen que iniciar el histórico y controvertido proceso de institucionalización. Y, como todo sabemos, esos procesos son, por lo general, conservadores. Las revoluciones siempre se institucionalizan, de ahí que histórica y políticamente adquieren un “aire” conservador. No hay revoluciones permanentes ni continuas en el tiempo. El proceso revolucionario conducido políticamente por el

MAS, los movimientos sociales, García Linera y Evo Morales desde

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2009 hasta la fecha ha pasado por distintas etapas. Están en una etapa de consolidar, ampliar y profundizar lo conquistado. Bolivia hoy es otra Bolivia. De esa nueva Bolivia saldrán las nuevas fuerzas sociales y políticas que se planteen nueva luchas revolucionarias que conduzcan a la sociedad plurinacional boliviana hacia nuevos derroteros históricos.

El futuro es una construcción abierta e impredecible que no anula ni descarta la “involución histórica”.

Bolivia Hoy: ¿Una democracia poscolonial o anticolonial?

Seis estudios y una bibliografía seleccionada, 1990-2016 libro -con el cual inauguramos la Colección Pensar Nuestra América de Ediciones

Escaparate- se analiza el proceso político, social y cultural que siguió a la aprobación de la Constitución del Estado Plurinacional de Bolivia.

A través del estudio del conflicto del TIPNIS, de la cuestión agraria, del movimiento feminista, del carácter de la nueva democracia y el rol de los intelectuales se develan los nuevos problemas, contradicciones y las diversas conflictividades que emergen en la renovada sociedad y plurinación boliviana.

La Colección Pensar Nuestra América, analizará en perspectiva interdisciplinaria, crítica, sincrónica y diacrónica los diversos procesos que se desenvuelven en las abigarradas sociedades latinoamericanas.

[nom]

Posdoctorado en Estudios Latinoamericanos

Director Colección Pensar Nuestra América

Santiago/Valparaíso, junio 2017.

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El conflicto del TIPNIS y la reconfiguración de los movimientos populares en la Bolivia Post- Constituyente

Elizabeth Jiménez Cortés

Resumen

Producto de las movilizaciones populares de inicios del siglo

XXI, Bolivia se declara constitucionalmente un Estado Plurinacional, post-neoliberal y descolonizador que asume el paradigma andino del

Sumaq Qamaña. Sin embargo, a pocos años de la reestructuración estatal, el rechazo a la construcción de una carretera en el Territorio

Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) abre un nuevo ciclo de conflictividad política. Asumiendo que la disputa por el

TIPNIS da cuenta de las profundas contradicciones del ‘Proceso de Cambio’ boliviano, este artículo analiza las dinámicas del conflicto y sus efectos en la reconfiguración de los movimientos populares de la Bolivia post-constituyente.

Palabras claves: TIPNIS, plurinacionalidad, conflicto, periodo post-constituyente

Introducción

Un intenso ciclo de movilizaciones sociales marcó el cambio de siglo en América latina. En este periodo, el debacle social y ecológico causado por el neoliberalismo activó una serie de resistencias populares.

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En Bolivia, donde nunca se logró arraigar un modelo mercado-céntrico de sociedad, la crisis del proyecto neoliberal desató la crisis del Estado nacional (Chávez et al, 2011, García, 2008; Tapia, 2011; Crespo, 2010).

En este sentido, el ciclo de movilizaciones anti-neoliberales adquirió un carácter descolonizador.

Cabe destacar que durante la década del noventa, el diseño neoliberal boliviano subordinó la producción nacional a las demandas del capitalismo global, reforzando la dependencia ante el FMI, el BM, el BID y los países capitalistas centrales y, paralelamente, siguiendo las recomendaciones de estos organismos, asumió el multiculturalismo 1 como enfoque para abordar el vínculo Estado-pueblos indígenas, a través del reconocimiento de ‘derechos de minoría’ que promovieron la participación regulada de la mayoría indígena en los espacios locales y su inclusión subordinada a las lógicas de mercado 2 .

A diferencia de otros países de la región, en este caso el multiculturalismo operó sobre una ‘sociedad abigarrada’ donde coexisten diversos tiempos históricos y estructuras políticas que han sobrevivido fuera del Estado-nación (Zabaleta 2010, Tapia, 2007; 2011). Fueron estas estructuras, las que se apropiaron de los discursos y mecanismos multiculturales en función de sus propios proyectos de orden social.

Así, la apertura de un proceso de etnificación controlado y funcional al neoliberalismo, facilitó la incursión de los indígenas en el sistema electoral y fortaleció sus capacidades de movilización en las calles. Circunstancia que, paradójicamente, logró [nom] canales tradicionales de la política, poniendo en crisis la ‘democracia pactada’ imperante desde 1982.

En este escenario, la resistencia popular a los ajustes estructurales activó la memoria larga de las luchas indígenas anticoloniales (Prada, 2011, Rivera, 2012, Mayorga, 2010, 2011). Aquí se desplegaron dos fenómenos con límites porosos: por un lado, la actualización del movimiento indígena, en la versión de ‘originarios de tierras altas’ e

‘indígenas de tierras bajas’ que reivindicaban derechos territoriales, y

1 · Siguiendo los lineamientos de la experiencia de los países capitalistas centrales (ej: Canadá), que con este

enfoque extienden los derechos liberales, sin cuestionar las estructuras que reproducen la desigualdad.

El multiculturalismo es un enfoque de política pública.

2 · Aquí destacamos la Ley de Participación Popular, el reconocimiento constitucional de Bolivia como país

multiétnico y pluricultural, y las políticas de promoción del valor ‘agregado’ de lo indígena, respaldas con financiamiento de USAID, GTZ, etc.

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por otro, la etnificación 3 de los sindicatos campesinos, especialmente cocaleros, que encontraron en los discursos indígenas la legitimación de sus demandas y objetivos electorales.

Frente a la crisis neoliberal, los sectores indígenas, originarios y campesinos construyeron una alianza estratégica: el Pacto de Unidad, que en nombre de ‘lo indígena’, lideró la acción popular desde el año

2002 4 . El Pacto de Unidad estableció una relación complementaria con el instrumento político de los cocaleros, el MAS-IPSP. Este partido/ movimiento asumió la representatividad indígena en el sistema político liberal, canalizando sus reivindicaciones, mientras las bases del Pacto de Unidad sostuvieron sus éxitos electorales, hasta lograr que Evo Morales ganara la presidencia de Bolivia. Se debe subrayar que el MAS se articuló en la red de alianzas del Pacto de Unidad, pero no fue su síntesis 5 .

Con el triunfo de Evo Morales en las presidenciales de 2005, se cerró el ciclo de movilizaciones anti-neoliberales abierto a inicios de los noventa y se inauguró el Proceso de Cambio, conducido por el autodenominado ‘Gobierno de los movimientos sociales’ (García, 2008, 2011; Gutiérrez, 2009; Zegada, 2011). El nuevo gobierno convocó una asamblea constituyente y decretó la nacionalización de los hidrocarburos, principales demandas de la Agenda de Octubre 6 (Schavelzon, 2013), medidas que reestructuraron -al menos formalmente- el vínculo entre

Estado, mercado y sociedad civil. La asamblea constituyente diseñó un nuevo orden político en torno al principio de pluralidad, que se planteó la superación del Estado nacional y republicano, y también del multiculturalismo (Tapia, 2011; Prada, 2007; García, 2008; Schavelzon, 2013). Bolivia entonces se transformó en un Estado Plurinacional, que adopta el paradigma del Sumaq Qamaña, reconoce el pluralismo jurídico, promueve una economía plural, complementa la democracia

3 · Proceso de construcción de una identidad étnica diferenciada al interior de la sociedad, a partir de la

recuperación/resignificación de la memoria. En este caso, la identidad étnica ‘originaria’ había sido desplazada por la identidad campesina (clase), promovida por la Revolución de 1952 y su programa

Nacionalista Revolucionario, pero será resignificada a partir del katarismo.

4 · Si bien esta alianza se remonta a la Guerra del Agua del 2000, adquiere carácter nacional tras la estrecha

derrota de Evo Morales ante Gonzalo Sánchez de Lozada, lo que hace pensar un triunfo futuro.

Finalmente, se formaliza institucionalmente en septiembre de 2004.

5 · Para profundizar esta afirmación, revisar y contrastar la propuesta del Pacto de Unidad para la Asamblea

Constituyente, el primer borrador de la Nueva Constitución y el Plan de Gobierno del MAS (2006 y

2009).

6 · Programa levantado tras los levantamientos populares (en El Alto especialmente) del 2003.

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representativa con las participativa y comunitaria, establece un sistema de autonomías y reconoce la libre determinación indígena (CPE,2009).

La asamblea, además, constitucionalizó un nuevo sujeto de derecho: las

‘naciones y pueblos indígena originario campesinos’ 7 , categoría jurídica que fusiona las identidades del Pacto de Unidad (Schavelzon, 2013;

Mayorga, 2012).

Sin embargo, a pocos años de la reestructuración estatal, se han hecho visibles interpretaciones divergentes del texto constitucional y una serie de contradicciones en la implementación de sus mandatos.

Efectivamente, las propuestas del Sumaq Qamaña y el reconocimiento de los derechos territoriales y la libre determinación de las ‘naciones y pueblos indígena originario campesinos’ entran en abierta contradicción con el modelo neo-extractivista que sustenta actualmente la economía boliviana (Svampa, 2013; Villegas, 2012, 2013; Soto, 2012). Situación que produce, a partir del 2010, un creciente descontento de los indígenas y originarios con la gestión gubernamental, las relaciones al interior del Pacto de Unidad y los esfuerzos del MAS por hegemonizar dicha alianza. Esta contradicción dio lugar al conflicto abierto cuando

Evo Morales anunció un tramo carretero en el Territorio Indígena y

Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), obra que fue rechazada por los pueblos indígenas que poseen su titularidad colectiva (Paz, 2012;

Villegas, 2012, 2013), pero defendida por las bases cocaleras e indígenas afines al MAS. El enfrentamiento entre ambos sectores, desencadenó la mayor crisis política de la Bolivia post-constituyente.

En este contexto, el presente artículo analiza el conflicto del

TIPNIS y sus efectos en la reconfiguración de los movimientos populares bolivianos. Metodológicamente, el análisis se sustenta en una investigación cualitativa, que contempló entrevistas a los actores en conflicto, sesiones de observación etnográfica en tierras bajas y altas de Bolivia, seguimiento de prensa, y revisión bibliográfica y documental. El artículo se organiza en cuatro apartados: el primero entrega antecedentes generales del conflicto por la carretera; el segundo, da cuenta de la VIII

Marcha Indígena y los bloqueos cocaleros: como expresiones en contra y a favor de la carretera; el tercero aborda la contraofensiva gubernamental

7 · Se debe notar que no hay coma ni guion entre las categorías y que solo la última está en plural, esto

no es casual, pues fue producto del debate.

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y el debilitamiento de las marchas indígenas; y finalmente, el cuarto apartado problematiza la reconfiguración de los movimientos populares, tras el conflicto del TIPNIS.

El TIPNIS y la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos: El proyecto de la discordia

El TIPNIS es un bosque amazónico de las tierras bajas de Bolivia, ubicado entre los departamentos de Beni y Cochabamba, donde se sobreponen un corredor de biodiversidad y una franja petrolera (Rosell, 2012; Paz, 2011, Villegas, 2012). El bosque es habitado por tres pueblos indígenas: moxeños, yuracarés y chimanes, que hacen un uso extensivo del territorio a través de una economía de subsistencia basada en la pesca, recolección, caza y pequeña agricultura de chaco. Su sistema de vida se organiza sinérgicamente en torno a los ritmos productivos del bosque y los ríos, por eso definen el territorio como su ‘Casa Grande’ y así mismos como ‘pueblos del río’. Estos grupos, originalmente nómades, se habrían asentado en el bosque como estación final de su travesía hacia la mítica ‘Loma Santa’. Ahí se refugiaron, con ciertos niveles de autonomía del Estado, pero expuestos a las relaciones de explotación económica que establecieron los hacendados (García, 2012).

Desde la década del sesenta, la Amazonia de tierras bajas se constituyó en un punto de atracción para los migrantes de tierras altas, que tras sucesivas crisis económicas, decidieron colonizar nuevas áreas de cultivo

(Schavelzon, 2013). Primero se asentaron en el Chapare, dedicándose a la producción de coca, y desde el sector de Villa Tunari bordearon el TIPNIS

(Paz, 2011, 2012; Rumbol, 2011). Ya en los ochenta, empresas forestales, de desarrollo turístico y caza de caimanes, entraron al parque; más tarde lo hicieron las exploraciones petroleras (García, 2012; Paz, 2012). Así, al iniciar la década del noventa, tres lógicas de gestión competían por el control del territorio: (a) la de manejo extensivo, propia de los indígenas de tierras bajas, que para lograr la sinergia con su ‘Casa Grande’ requieren grandes extensiones de terreno; (b) la del uso intensivo de la tierra, característica de los cocaleros, que necesitan ‘limpiar el bosque’ para levantar parcelas de cultivo; y (c) la de explotación intensiva de recursos, renovables y no renovables, que guía a las corporaciones transnacionales.

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Ante la precarización ecológica y social que causaban las forestales, los pueblos del TIPNIS, con apoyo de ONGs radicadas en Beni y Santa

Cruz, realizaron la ‘I Marcha por la Vida, el Territorio y la Dignidad de los

Pueblos Indígenas’ (1990), que los visibilizó a nivel nacional (Regalski, 2003, 2011; Crespo, 2010). El objetivo de esta marcha, y las cuatro que le siguieron, fue exigir la presencia reguladora del Estado. En respuesta, este estrenó las políticas multiculturales: ratificó el Convenio 169 de la OIT, otorgó al parque el status de Tierra Comunitaria de Origen

(TCO) y reconoció su titularidad a moxeños, yuracarés y chimanes. Para administrar la TCO estos pueblos formaron la Subcentral del TIPNIS, reconociendo como órgano matriz a la Confederación de Indígenas del

Oriente Boliviano (CIDOB).

Más allá de la amenaza directa de las forestales, la liberalización económica de los años noventa intensificó la migración de los campesinos y mineros empobrecidos de tierras altas, que presionaron los bordes del

TIPNIS. Hecho que el año 1999 gatilló un enfrentamiento armado entre indígenas y colonizadores, el cual se resolvió internamente acordando una línea roja como nueva frontera (Rumbol, 2011; Paz, 2012; García, 2012). La línea roja delimitó la interacción entre dos lógicas de gestión territorial, que se materializan en regímenes de propiedad de la tierra contrapuestos y formatos organizacionales distintos. Efectivamente, los indígenas mantienen un régimen de propiedad colectiva, pero privada de la tierra, y estructuran la Subcentral TIPNIS bajo la forma del cabildo. Los cocaleros, en tanto, poseen la propiedad privada individual y su organización es el sindicato.

Tras la crisis política asociada a la Guerra del Agua del 2000, la Subcentral TIPNIS y las otras organizaciones de la CIDOB se desprendieron de la tutela gubernamental y abrieron diálogo con el recién fundado Consejo Nacional de Ayllus y Marqas del Qoyasullu

(CONAMAQ) 8 con el cual comparten la demanda de derechos territoriales y autogobierno 9 . Asimismo, apoyaron las movilizaciones anti-neoliberales de cocaleros y campesinos, con quienes establecieron un

8 · El que se simboliza en el recibimiento que hace CONAMAQ a CIDOB el 2002, cuando los originarios

se suman a la Marcha, entrando como un solo cuerpo a la capital.

9 · CONAMAQ al legalizarse (1997) declaró como misión, la reconstrucción de la territorialidad del ayllu

y por ende del Qollasuyu, lo que supone un ordenamiento espacial y político alternativo al del Estado.

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frente común de resistencia a los procesos de privatización y la injerencia norteamericana. En esta coyuntura, plantearon junto a CONAMAQ la propuesta de Asamblea Constituyente, la que fue adoptada más tarde por las organizaciones campesinas del Pacto de Unidad (Schavelzon, 2013). Cabe subrayar que fue en el ciclo de movilización anti-neoliberal, donde el movimiento indígena de tierras bajas politizó sus demandas fuera de la lógica multicultural 10 .

En los primeros años del nuevo siglo, el conflicto entre indígenas del TIPNIS y colonizadores entró en latencia ante la posibilidad de frenar juntos el proceso de ajuste neoliberal. Luego de la caída de Sánchez de Lozada, la CIDOB participó en la campaña de Evo Morales y tuvo un rol activo en el proceso constituyente. En ese escenario, moxeños, yuracarés y chimanes del TIPNIS fueron incluidos en el grupo de las 36 ‘naciones y pueblos indígena originario campesinos’ que sustentan el carácter plurinacional del Estado 11 . Pero al institucionalizarse la plurinacionalidad según el parámetro liberal de ‘derechos de minoría’, su rol político quedó limitado a los cupos de las circunscripciones especiales de la Asamblea Legislativa 12 . Situación que generó enfrentamientos internos con campesinos y cocaleros del Pacto de Unidad y reactivó los antiguos problemas de la gestión territorial;

aunque ello no significó su rechazo al gobierno MASista. De hecho, este se reforzó cuando Evo Morales, el año 2009, firmó la titularidad de la TCO y avaló el co-manejo del parque entre la Subcentral TIPNIS y el Estado 13 .

En 2010, el escenario cambió radicalmente cuando Evo Morales anunció la construcción del tramo carretero en el TIPNIS, el cual forma parte de la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos, que pretende unir los departamentos de Beni y Cochabamba y, a través de ellos, las

10 A diferencia de la trayectoria política de originarios de tierras altas, cuyo último ciclo se remonta al katarismo de los sesenta, el proceso organizacional de tierras bajas se ubica en los debates multiculturalistas previos a la conmemoración de los 500 años. Por eso su demanda fue el reconocimiento de derechos como minoría étnica, pero al politizarse esta se desplaza hacia la libre determinación.

11 De esos pueblos minoritarios, 10 tienen menos de 500 personas y, en junio de 2013, el Ministerio de Justicia ha declarado que 15 estarían en riesgo de desaparición.

12 Corresponde a 7 cupos que debiesen rotarse entre los 34 pueblos minoritarios que solo llegan al 3,7%.

Los mayoritarios son quechwas y aymaras, quienes compiten directamente. En 2009, el acceso a los 7 cupos dependió del apoyo MASista.

13 El Estado es representado por el Servicio Nacional de Áreas Protegidas (SERNAP).

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tierras bajas y altas de Bolivia (García, 2012; Crespo, 2012). Dicha carretera fue parte del diseño de la Red Vial Fundamental que impulsaron los gobiernos neoliberales de los años noventa y que luego se acopló a la iniciativa de Infraestructura de Integración Regional Sudamericana, IIRSA 14 (Villegas, 2013, Svampa, 2013). Cuando Evo Morales asumió la presidencia ya existían los senderos no pavimentados de los tramos I y III 15 , pero fue en su gobierno que se consiguió el financiamiento del

BNDES para el tramo II y se adjudicó la obra a la constructora OAS.

El proyecto fue tratado en el XXIX Encuentro de Corregidores del

TIPNIS, donde se rechazó la obra por considerarla una amenaza a la biodiversidad del bosque y, por extensión, a los pueblos indígenas que lo habitan 16 . En ese contexto, la Subcentral TIPNIS solicitó la presencia del

‘hermano presidente’, pero Evo Morales no respondió. Paralelamente, se presentó el caso en la polémica ‘Mesa 18’ de la Conferencia Mundial de los Pueblos de Tiquipaya 17 y unos meses después, la Subcentral

TIPNIS anunció una marcha hacia La Paz, la VIII desde el año 1990.

Cabe señalar que el problema del TIPNIS, se hace público en un contexto de fuerte conflictividad, que se va configurando entre fines del 2010 e inicios del 2011. En este sentido, se encadena a una serie de hechos coyunturales, que generan las condiciones para el despliegue del conflicto, entre estos destacamos:

a) La radicalización de las disputas entre los dos bloques del

Pacto de Unidad (CIDOB-CONAMAQ y CSUTCB-CSCIB- CSMCB), que no lograron consenso frente a la Ley Marco de Autonomías, la Reconducción Comunitaria de la Reforma

Agraria y la Ley de Revolución Productiva, lo que erosionó la alianza y las lealtades.

14 Donde se articula con el Corredor Bioceánico Norte que conecta el eje sojero de Rondonia (Brasil) con las costas peruanas y desde ahí con los mercados asiáticos.

15 El I abarca el área cocalera de Villa Tunari y el III San Ignacio de Moxos, incluyendo otra TCO, el

Territorio Indígena Multiétnico, donde no se realizó la consulta previa.

16 · En esa oportunidad se contó con los resultados de la Evaluación Ambiental encargada por el gobierno,

la cual da resultados adversos a la obra. Esta fue difundida ampliamente por el equipo de profesionales, pero no ha sido avalada oficialmente.

17 Cumbre alternativa sobre Cambio Climático, que enfatizó el nexo entre capitalismo y desastre ecológico.

Evo Morales asumió el rol de ‘embajador de la Pachamama’ para difundir las propuestas. La organización consideró 17 mesas de trabajo, pero los sectores más críticos instalaron, fuera de protocolo, la Mesa 18, para tratar los conflictos ecológicos del Estado Plurinacional, cuestionando así la labor gubernamental.

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b) El enfrentamiento entre la CIDOB y el gobierno por la representatividad de las minorías indígenas en las circunscripciones especiales, qu

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